Mi sección del trabajo "Las escuelas de interpretación"
Esta es la parte que hace referecia a las escuelas de interpretación: ¿obedecen algunos conflictos exclusivamente a la codicia de algunos de sus actores?
Las escuelas de interpretación: la intersección entre necesidad, credo y codicia[1]
El final de la Guerra Fría dio lugar a un descenso de los conflictos entre Estados y, a la vez, un aumento de los conflictos civiles. La lógica de los grandes bloques dio paso a un nuevo tipo de guerra asimétrica donde diversos actores (señores de la guerra, bandas criminales, clanes poderosos y grupos terroristas), luchan junto al Estado por diversos objetivos, sobre todo económicos. La guerra ya no es monopolio de los Estados. La violencia se ha privatizado y se ha convertido en un negocio rentable.[2]
A su vez, la polítologa británica Mary Kaldor, argumenta que las nuevas guerras surgidas tras el final de la Guerra Fría sólo pueden entenderse en el contexto de la actual globalización económica, política, militar y cultural. Las guerras actuales han difuminado la distinción entre guerra y crimen organizado; son al mismo tiempo locales y dependientes de conexiones transnacionales. Pero, sobre todo, han fomentado una economía de guerra basada en el saqueo, las transacciones en el mercado negro y la asistencia externa y se sostienen gracias a una violencia continuada.[3]
Durante la confrontación entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, el análisis de las guerras y conflictos se centraba, por un lado, en el papel que jugaban las superpotencias en defender sus intereses estratégicos y a sus aliados y, por otro, en la importancia de los factores internos (históricos, políticos y socioeconómicos) que generaban el resentimiento social que desembocaba en rebelión política y conflicto armado.
La mayoría de las investigaciones combinaban las dos perspectivas pero se centraban principalmente en las motivaciones políticas e ideológicas del conflicto, ya fuesen de actores nacionales o internacionales. Cuando se analizaban las cuestiones económicas, servían para explicar las formas en las que la pobreza y la desigualdad alimentaban unos motivos de queja y humillación subyacentes a las rebeliones que, por lo demás, obedecían esencialmente a objetivos políticos.
Para alcanzar sus objetivos políticos, los movimientos rebeldes necesitaban una serie de recursos económicos que lograban a través de toda una gama de comportamientos predatorios: secuestros por dinero, extorsión, robo, saqueo, desvíos de ayuda internacional (en muchos casos facilitada por funcionarios corruptos) y formas primitivas de tributación. Sin embargo, la búsqueda de recursos servía principalmente como medio para alcanzar un fin definido en términos políticos. Por ejemplo, reemplazar un régimen existente y/o sustituirlo por una nueva forma de orden político en una parte del territorio nacional o en su totalidad.
Durante los años noventa, una serie de devastadoras guerras en África hicieron que los académicos y expertos centrasen su atención de forma novedosa en las peculiaridades de este nuevo tipo de guerras para adaptar los esquemas resolución de conflictos a las dinámicas reales que se estaban dando sobre el terreno. Fue entonces cuando surgió el análisis de los recursos como algo que puede llegar a definir los objetivos o fines de muchos conflictos internos violentos.
En países como Angola, Sierra Leona y Liberia, los ingresos derivados de los recursos naturales, como los diamantes y el petróleo, parecían desempeñar un papel excepcional, no sólo en la financiación de los continuos y crecientes niveles de violencia de las fuerzas rebeldes y estatales, sino también en la redefinición de la misma finalidad de la lucha. Resultó novedoso ver cómo los recursos, por sí mismos, representaban no sólo un medio para alcanzar un fin sino el objeto mismo de la lucha. “El control de territorio y poblaciones se transformó en un objetivo económico y dejó de ser un objetivo puramente militar y estratégico, y la guerra se convirtió en un proyecto sumamente racional encaminado al enriquecimiento de unas elites o facciones particulares.”[4]
Uno de los primeros investigadores en captar esta dinámica fue el británico David Keen. El argumentó que, aunque no todas las guerras civiles de las posguerra fría estaban motivadas por agendas económicas, algunas de ellas que empezaron por motivaciones políticas se han “convertido en conflictos en los que los beneficios económicos a corto plazo son de capital importancia.” Keen advirtió de la necesidad de prestar atención a “la economía política emergente de los conflictos” afirmando que, puesto que “en las guerras civiles no se trata sólo de ganar”, las estrategias de resolución de conflictos tendrían que tener en cuenta que, a menudo, las fuerzas contendientes ganaban más con la continuación del conflicto que con la paz.[5]
Más adelante, Paul Collier y su equipo de investigadores del Banco Mundial, empezaron a considerar a muchos movimientos rebeldes como actores racionales. Sus controvertidos estudios cuantitativos les llevaron a afirmar que, en muchas ocasiones, las guerras civiles eran luchadas por actores más motivados por la codicia que por corregir humillaciones políticas, económicas, sociales o de carácter étnico.[6] Aunque inicialmente sus estudios se centraron en las motivaciones de los actores, versiones posteriores de su teoría prestaron más atención a los modos en los que los recursos económicos crean oportunidades que hacen sostenible la insurgencia.[7]
Existe un gran consenso en torno a que un Estado frágil proporciona el contexto idóneo para que surjan este tipo de conflictos. La ausencia de una autoridad efectiva y un sistema de gobernanza que proporcione los bienes y servicios básicos a la población, genera un contexto en el que crecen la pobreza y las situaciones de privación. Estos elementos pueden fomentar una sensación de necesidad, de expectativas incumplidas y situaciones de agravio entre la población, así como la explosión de sentimientos de identidad que pueden actuar como desencadenantes de un conflicto –también en situaciones de posconflicto. En muchas ocasiones, la causa que subyace tras las condiciones de privación es la incapacidad total o parcial del Estado y la codicia de sus gobernantes. La fragilidad de Estado está, por tanto, entre las cuestiones principales a tener en cuenta a la hora de diseñar estrategias de prevención, gestión y resolución de conflictos.[8]
Teniendo en cuenta todos los factores, Cynthia Arnson y William Zartman han diseñado un modelo de conflicto interno basado en la formulación necesidad-credo-codicia que sirve para entender la dinámica interna de estos conflictos y diseñar estrategias de resolución que aborden todos los factores del conflicto. Este modelo, capacita la actuación para la resolución del mismo en 3 momentos distintos:
“El modelo de conflicto interno comienza con el abandono por parte del Estado en un momento de expectativas crecientes, lo que produce una realidad y una sensación de privación, o agravio, en el primer acto, llamada necesidad. Esta sensación es movilizada hacia el conflicto por empresarios políticos que cultivan la realidad y la percepción de la privación selectiva de un grupo de identidad y se basan en ella, llevando el conflicto hasta el segundo acto, llamado credo.[9] La identidad no es sólo la base del conflicto, sino también un medio y la fuente de otros medios para sostenerlo. En el curso del enfrentamiento, el conflicto puede desembocar en la victoria de uno u otro bando, o en la resolución. Pero si llega a un punto muerto antes de su resolución y los actores quedan sin recursos, puede pasar a la búsqueda de medios que sustituyan la búsqueda original de fines, llevando a ambos bandos a un tercer acto, llamado codicia. La codicia, en la tercera fase, deforma y oculta las bases originales de la necesidad y el credo, y se apropia del conflicto, llevándolo desde los beneficios sociales (de grupo) a los personales (individuales).”[10]
Las investigaciones de la prestigiosa International Peace Academy de Nueva York, dirigidas por Karen Ballentine, confirman el avance de estas y otras tendencias de las economías de guerra de los conflictos internos.
· La autofinanciación de los conflictos armados contemporáneos.
· La importancia estratégica de recursos naturales lucrativos en muchos conflictos.
· El ambiente permisivo del comercio internacional liberalizado.
· La importancia de hacer un análisis de los actores que se benefician económicamente de la continuación del conflicto.
También hace hincapié en la utilidad de un enfoque integrado en el que no se analicen los factores necesidad-credo-codicia de forma aislada. Se debe tener en cuenta que no se dan de forma pura en un conflicto real, sino que siempre estarán interconectados.[11]
[1] Esta sección está ampliamente basada en la obra de Cynthia J.Arnson & I. William Zartman, Rethinking the Economics of War. The Intersection of Need, Creed and Greed, Woodrow Wilson Center Press, Washington 2005.
Existe una versión resumida de la introducción y conclusiones en español en Manuela Mesa y Mabel González Bustelo (coordinadoras), Poder y Democracia. Los Retos del Multilateralismo, Anuario CIP 2006, Centro de Investigación para la Paz, Madrid, mayo 2006, pp. 121-144.
[2] Herfried Münckler, Viejas y nuevas guerras. Asimetría y privatización de la violencia, Siglo XXI, Madrid, marzo 2005.
[3] Mary Kaldor, New and Old Wars: Organizad Violance in a Global Era, Standford University Press, Standford, 2001, pp. 1-12.
[4]Cynthia J. Arnson e I. William Zartman, “Economías de guerra: la intersección de necesidad, credo y codicia”, en Manuela Mesa y Mabel González Bustelo (coordinadoras), Poder y Democracia. Los Retos del Multilateralismo, Anuario CIP 2006, Centro de Investigación para la Paz, Madrid, mayo 2006, p. 123.
[5] David Keen, The Economic Functions of Violence in Civil Wars, Adelphi Paper, Nº 320, International Institute for Strategic Studies, Oxford University, Oxford, 1998, pp. 12, 17, 71-72. Citado en Cynthia J.Arnson & I. William Zartman, Rethinking the Economics of War. Op.Cit., p.3. [6] Paul Collier y Anke Hoeffler, “On Economic Causes of Civil War”, revisado en 1998, disponible en http://www.worldbank.org/research/conflict/papers.htm
[7] Karen Ballentine, “Program on Economic Agendas in Civil Wars: Principal Research Findings and Policy Recommendations”, Final Report, International Peace Academy, Abril 2004, Nueva York, p.3.
[8] En el informe del Secretario General de Naciones Unidas para la reforma de la organización, se propone la creación de una Comisión para la Consolidación de la Paz. Uno de sus objetivos es, precisamente, asistir a los Estados en riesgo de colapso para evitar que caigan o recaigan en situaciones de conflicto. A more secure World: Our Shared Responsability, Report of the Secretary General´s High-Level Panel on Theats, Challenges and Change, Nueva York, 2004, pp. 83-85.
[9] Este fue el caso que propicio el genocidio de Ruanda en 1994, entre otros.
[10] Cynthia J. Arnson e I. William Zartman, “Economías de guerra: la intersección de necesidad, credo y codicia”, op. cit, p. 139-140.
[11] Karen Ballantine, “Program on Economic Agendas in Civil Wars: Principal Research Findings and Policy Recommendations”, Final Report, International Peace Academy, Abril 2004, Nueva York.

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